
Según la definición de esta palabra, es la composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado; además de ser quizá una de las palabras más bellas de nuestro idioma.
Este texto sin pretender ser una elegía, surge a partir de la reflexión tras ver la película Elegy (en inglés) con Penélope Cruz, surge de las visitas a mi pensamiento de la más leal de nuestras amigas: la muerte. A pesar de que la única certeza de la vida es la muerte, le tememos infinitamente, hacemos elegías para exorcisarnos de su dolor; habrá quien diga que en México nos burlamos de ella, yo diría que la ridiculizamos en forma de autodefensa, por ello los golpes son más fuertes.
A veces parece que vivimos con la certeza contraria, es decir que no moriremos nunca, nuestro infinito ego de la inmortalidad. Es esa actitud la que muchas veces nos limita a hacer o decir cosas, ese miedo el que en ocasiones nos cancela toda posibilidad de disfrutar cada momento que vivimos, no vemos que ese momento, ese respiro, es ya una pequeña muerte.
Creo que nuestra relación con la muerte debe cambiar para poder reconciliarnos con la vida, por ello resulta siempre gratificante escuchar o ver a aquellos que saben de qué y en cuanto tiempo morirán, porque tienen el control, porque viven como si fuera el último, porque comienzan a ver desde la tribuna y desde ahí nada les parece preocupante; porque ven en el problema, la oportunidad; porque donde vemos muerte, ellos, vida.
Fragmento de elegía ininterrumpida de Octavio Paz:
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y amaneceres, corbata, nudo corredizo:
"saluda al sol, araña, no seas rencorosa..."
Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío.
